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El Fenomeno Patrimonial y Las Narrativas Vitivinícolas Puestas en Jaque

por Paula Mariángel Chavarría

Si hasta hace 15 años atrás el vino pipeño continuaba siendo catalogado como un vino de rotos, de pobres o del “bajo pueblo”, en la actualidad ha comenzado a tener cada vez mayor atención e interés a partir del reconocimiento de sus cualidades ancestrales, artesanales y primigenias, siendo levantado como repertorio patrimonial por enólogos, empresarios, organizaciones productivas, servicios públicos e investigadores, dando cuerpo a un precipitado fenómeno de puesta en valor nunca antes visto. ¿Qué explicación puede tejerse ante la transmutación que aquí se ha gestado? ¿Es que acaso nos enfrentamos a una verdadera revolución en los campos de significación que nutren el patrimonio cultural y sus usos?

Un primer acercamiento puede buscar explicación a partir de las transformaciones que en las últimas décadas ha tenido la noción tradicional de patrimonio cultural, la cual se ha visto enfrentada a la eclosión de nuevos enfoques, preguntas y contenidos que ponen en jaque las comprensiones totalizadoras propias de la modernidad y su proyecto unitario de sociedad, levantando una mirada de sospecha ante el concepto de “patrimonio nacional”, y posibilitando su actual comprensión como un constructo histórico y de carácter polisémico1. Si desde los megarrelatos sostenidos por las clases oligárquicas el patrimonio cultural fortalecía la imagen de una identidad nacional en tanto referente máximo del “ser chileno”, desde esta polisemia se ha reforzado la idea de una infinita cantidad de microrrelatos del fenómeno patrimonial, dando pie a un progresivo reconocimiento de los patrimonios locales.

El advenimiento del vino pipeño como ícono del patrimonio vitivinícola en los últimos años se circunscribe a esta tendencia contemporánea de reconocimiento de lo local en contraposición a lo global, que ha estimulado la puesta en valor de una serie de contenidos intangibles anteriormente subvalorados. Ahora bien, una aproximación superficial podría argumentar que lo que está ocurriendo hoy en día es efectivamente una ruptura paradigmática a partir de la defensa del patrimonio de las comunidades en cuestión, superando la convencional concepción decimonónica. Sin embargo, si se pone atención a los contenidos enfatizados en esta diversidad de entradas y ejercicios de “puesta en valor”, se evidencia que lo que allí se gesta es un tipo de narrativa no menos hegemónica que la anteriormente construida desde la noción de patrimonio nacional. Se trata de repertorios iconográficos recogidos por el Mercado y fortalecidos por el Estado, resignificados como objetos de consumo que destacan cualidades inmutables como la naturaleza, la historia y la genialidad del mosto. Ya no son las grandes viñas de la zona central las que abrazan la esencia del vino chileno y le otorgan sustancialidad a la identidad del país; ahora es el vino pipeño y sus cepas las que en sí mismas dotan de tradición, alma y corazón a este verdadero patrimonio vitivinícola por tanto tiempo inadvertido. En este nuevo marco de sentidos, se enaltece la imagen de un producto ancestral, originario de un paisaje exclusivo, que complace a cientos de consumidores cautivados por su rusticidad, modificando de este modo los elementos que le otorgan contenido al universo patrimonial pero no los mecanismos de producción simbólica que allí entran en juego.

Al indagar respecto a las construcciones valorativas que se gestan al interior de las comunidades vitivinícolas en torno a este mosto, las cualidades relevadas por el mercado pierden sentido y aparecen aquellos elementos vinculados a la configuración de un sentido de pertenencia e identidad por parte de sus habitantes. Al poner atención a las construcciones valorativas elaboradas desde los territorios, queda de manifiesto que la identidad de este vino es construida a partir de referentes indisociables de la emocionalidad y la memoria, en tanto experiencias propias o heredadas. Para el saber campesino popular, el vino pipeño varía de acuerdo al lugar donde se conserva, al tipo de cepa utilizado, al tiempo de fermentación, a las particularidades climáticas, al tipo de suelo y a la disposición de las viñas, entre tantos otros aspectos. Por ello, el vino pipeño no es único ni estándar, y cada familia puede obtener un tipo de vino distinto, siguiendo la lógica de un sistema de producción artesanal. En su definición interviene tanto el proceso como el producto final obtenido y de allí que su apelativo “pipeño” se base antes que en su contenido, en su contendeor, la “pipa”, donde tradicionalmente era transportado. Son formas de comprensión, símbolos y significados que abarcan los diversos ámbitos de la vida y que se manifiestan en una materialidad que a su vez cobija técnicas y saberes concretos, además de vestigios que hablan de circulación e intercambios, dándole densidad histórica y social a las experiencias vitivinícolas. El vino pipeño es valorado en cuanto sintetiza un modo de vida, un ethos desde donde se entienden diversas dimensiones de la vida, y es por ello que antes que el mosto, es el paisaje cultural el que adquiere dimensiones patrimoniales.

En este escenario de “puesta en valor” y reconocimiento del sentido patrimonial del vino pipeño, las comunidades implicadas históricamente en su reproducción continúan siendo invisbilizadas, alimentando relaciones de poder asimétricas que marginan epistemes discrepantes de la hegemónica. No resulta extraño constatar que, pese a este reconocimiento, las comunidades vitivinícolas continúen supeditadas a las desiguales relaciones comerciales con las grandes viñas, llegando a recibir $100 por el kilo de uva, agudizando su condición de empobrecimiento, presionando a las familias a la reconversión hacia el rubro forestal y obstaculizando los procesos de vinificación tradicional.

De manera paradójica y frente a estas constricciones, las familias viñateras continúan reeditando experiencias productivas que sostienen dinámicas familiares y comunitarias basadas en un sentido de pertenencia, que no encuentran correspondencia con las alternativas de desarrollo económico diseñadas para el territorio. Se trata entonces de mecanismos de reproducción, no sin contradicciones y sujetos a relaciones de fuerza desiguales, que pueden ser leídos en el campo de lo simbólico como ejercicios de resistencia y adaptación para no desaparecer. Los procesos de significación asociados al vino pipeño tejidos al interior de las comunidades contienen una riqueza simbólico-cultural que se contrapone a la oficial y que da cuenta de un campo en permanente disputa económica, política y simbólica que en el tiempo ha exigido adecuarse y permanecer, construyendo una experiencia histórica basada en la negociación/resistencia, bajo un contexto de dominación y hegemonía.

1 Maillard, (2012) Construcción social del patrimonio. En Hecho en Chile. Reflexiones en torno al patrimonio cultural. Daniela Marsal (compiladora). Andros Impresores. Santiago, Chile.

Texto e imágenes
“EL FENOMENO PATRIMONIAL Y LAS NARRATIVAS VITIVINÍCOLAS PUESTAS EN JAQUE”
Paula Mariángel Chavarría
Antropóloga, Magister en Ciencias Sociales Aplicadas.
Integrante de ONG CETSUR www.cetsur.org