Logo

Desde el Hipocentro: como es arriba, es abajo

por Andreas Stuart

Los efectos palpables del 27 – F han llenado muchas páginas desde su ocurrencia, pero estimamos pocas las que han dado cuenta de cómo el llamado megaterremoto desnudó algunos puntos críticos de los modos a través de los cuales nos manifestamos como homo socialis.

De la misma forma que el mar desplazó una cantidad enorme de naturaleza y artefactos, llevándose de paso una errática cifra de vidas humanas, el tsunami tuvo la inestimable virtud de levantar una capa de material, en su sentido más amplio, que dejó al descubierto ciertas particularidades de nuestro especial modo de convivir o interactuar, que bien merecen un examen a fin de escudriñar y aventurar sobre el hipocentro cultural de las mismas.

La pregunta que queda lanzada al aire apunta a explicar ciertos elementos plasmados en las reacciones sociales reportadas una vez producida la catástrofe. De más está decir que los eventos a los cuales se hace referencia ponen en frontal entredicho, ahora en nuestro suelo, las al parecer y a la vista de los sucesos definitivamente ilusas pretensiones de estar en un estado de evolución social a salvo de los riesgos y las incertidumbres de origen no antrópico, fenómenos en los cuales, además, el comportamiento negligente va más allá del ámbito de competencia y responsabilidad de los directamente involucrados o afectados por los acontecimientos. No obstante, más que analizar los pormenores de las definiciones, aproximaciones, testarudeces y necesidades sociales ligadas al peligro, que nos llevarían por ejemplo a reflexionar sobre la lógica, si es pertinente el concepto, de copar los sectores costeros de un océano en esencia peligroso y también dado a recuperar terrenos ancestrales, interesa en estas líneas focalizar la atención en un aspecto casi olvidado del pueblo chileno pero que cierta prensa extranjera con lucidez (Jorge Lanata, entre otros) y en general la nacional no tardó en resaltar entre la destrucción física imperante, el cual dice relación particularmente con la sismicidad inherente del actuar social chileno. Si bien, en este mismo espíritu, podrían inmediatamente aflorar la pobreza y las precariedades del vivir cotidiano de un considerable número de compatriotas, nos referimos en específico a la actitud profundamente individualista del ser chileno, atravesada por demás por una segregación referencial digna de una sociedad de castas y prejuicios.
En concreto, el motivo de interés se concentra en las acciones y reacciones de depredación producidas tras el 27 de febrero, que días más tarde militarizaron y estigmatizaron dimensiones del suceso, incluso con manifiestos resabios a los auges de la dictadura pinochetista. En efecto, pasado el miedo y la confusión inicial, la población fue testigo de los casi inmediatos saqueos que afectaban a tiendas y supermercados, en especial en la ciudad de Concepción y cercanías, generándose inmediatamente una cadena nacional de asombro, alerta y repudio. Curiosamente, las explicaciones a este comportamiento de masa eran solicitadas coloquialmente por quienes a su vez devastaban las góndolas de supermercados y los depósitos de bencina, comprando enseres y llenando estanques desproporcionadamente, pero en este caso, de ahí su exculpación mediática y pública, cancelando por ello. La pregunta versa sobre qué tan diferentes son en su esencia y causa los hechos sociales manifiestos que señalamos.

Sociológicamente hablando, ambas vertientes de un mismo fenómeno – la depredación en sus versiones de sobrevivencia, supervivencia y lumpenizante – corresponden a un comportamiento anómico, es decir, a una expresión de desequilibrio en la integración social caracterizada por un actuar antinormativo por parte de los sujetos, quienes se manifiestan en dicho contexto desvinculados de las normas socialmente definidas, deseables y exigibles. Tal anomia implica la ausencia o insuficiencia de los patrones tradicionales de normatividad social ante situaciones de contingencia o de permanencia que rompen en ciclo normal de la vida común, situaciones además potenciadas por la pérdida transitoria o definitiva del poder dominador de los mecanismos de control social.
Claramente el 27 – F, como suceso de quiebre del estado normal de vida cotidiana con consecuencias además impredecibles por tanto causales de incertidumbre, derivó en una situación de anomia social que se reflejó, especialmente para estos efectos, entre quienes con una inmediatez significativa robaron o compraron todo tipo de productos sin que ellos fueran necesarios para la satisfacción de demandas básicas o primarias, o sea, no para sobrevivencia sino que para supervivencia o para lucro delictivo. En ambos casos, la inquietud versa sobre dos aspectos: lo inmediato y lo superfluo. Vale decir, el interés de esta reflexión va más allá de la simple explicación psico – sociológica que saque a colación los efectos en el comportamiento colectivo de la comunidad devenida en multitud irracional y anónima. Más bien, apunta a situar el hipocentro del terremoto social experimentado en la debilidad de los vínculos sociales que como chilenos hemos ido construyendo, de la falta de apego a lo común y al otro y de la primacía de lo propio y del nosotros. Junto a lo anterior, la internalización de una cultura de lo instantáneo y lo redundante que se traspasa a los fundamentos de la interacción y la integración social. Como es arriba, es abajo. No debiera extrañar entonces a quien ejercitara la imaginación sociológica que en la época de la virtualización despersonalizada de la convivencia, del facebook y el twitter, el desborde social expresado en saqueos y acaparamientos, irracionales, desproporcionados, apremiados, de clase social transversal, se haya manifestado en nuestro país como reflejo de una sociedad cada vez menos comunitaria, solidaria y filantrópica, de puertas adentro en fin, expresión de la pérdida de las relaciones cara a cara, de la gratificación por mutualidad y acercamiento, de la imposición de la coercitividad por sobre la alteralidad.

Al respecto, no deja de ser motivo de inquietud posterior el que tanto el latrocinio delictivo y el de observancia se hayan manifestado especialmente en Concepción y Santiago, dos metrópolis urbanas, modernas y tan faltas de tradiciones como las anomías necesitan.

“Si pescamos un auto y nos vamos bien lejos,
Cuántos kilómetros deben bastar, para amar en el campo,
Como antes, a tu lado”
TELERADIO DONOSO

Texto:
Andreas Stuart (Sociólogo)
Publicado originalmente por Hazte ver
Septiembre de 2010

Imágenes:
F27, CONSTITUCIÓN COTA CERO. Investigación telúrica. Maule, Chile
Pepe Guzmán (Artista Visual)
Observatorio del Paisaje
2010-2015