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Las contradicciones culturales del patrimonio en adobe

por Jorge Valenzuela Cruz

El gran evento sísmico acontecido en febrero de 2010, que afecta casi en su totalidad a la zona centro-sur del país, ha puesto en evidencia la precaria realidad que abarca no solo al patrimonio construido, esto es la arquitectura en adobe, sino que también afecto a las subjetividades de quienes habitan este vasto territorio que es el ámbito rural entre la Región de O’Higgins y la Región del Biobío.

Salvo contadas excepciones las tradiciones campesinas, y toda la producción simbólica y material asociada a este ámbito, se han invisibilizado tanto en su historia como en su presente. Una de las causas que se puede señalar se debe al proyecto de la modernidad que asumió nuestro país desde mediados del siglo XX, lo que originó un menoscabo que afecta profundamente desde aquel momento a las comunidades que habitan nuestro campo; entre sus efectos se reconoce un proceso de constante emigración a los centros urbanos que prometen un mejor futuro y el acceso a las ventajas del progreso, el cual en la actualidad ha dado paso a la noción de “desarrollo” inscrita bajo la lógica del neoliberalismo. De este modo, todo aquel repertorio simbólico y el cuerpo de conocimientos cimentado durante décadas de historia es desechada por la lógica racional moderna, la economía y la privatización de los medios de producción amparados bajo la tecnología.

Debido a los movimientos de mundialización cultural que inicia la UNESCO, a la fecha ha sido cada vez mayor el interés por patrimonializar aquellas obras que aportan de una identidad propia a nuestro país, sin embargo lo que ofrece este territorio en cuanto a bienes culturales es escaso, siendo en el caso de la arquitectura exiguo el número de inmuebles existentes fuera de los centros urbanos, los que en su mayoría son bienes ligados a la iglesia o infraestructura de producción campesina, como son las casas patronales, esto es aquellas formas de poder que tradicionalmente determinaron la forma de vida campesina.

Gran parte de la arquitectura patrimonial que poseemos actualmente es aquella elaborada en diversas técnicas de la denominada “tierra cruda”. Es sabido que este material fue el principal medio de construcción de las edificaciones desde la colonia hasta los albores de la modernidad en Chile, sin embargo es utilizada en la actualidad en las zonas más desposeídas de las zonas rurales del centro-sur del país. Desde la perspectiva técnica se trata de un sistema constructivo con una serie de condiciones técnicas y de diseño que deben cumplirse a cabalidad para conservar adecuadamente su permanencia en el tiempo, lo cual implica que las modificaciones y alteraciones que se realizan sobre estas edificaciones deben, en definitiva, cumplir estrictos criterios de diseño que preserven las características constructivas y su condiciones de estabilidad ante los movimientos telúricos. En suma, la conservación de esta arquitectura es tributaria de un conocimiento tradicional de carácter vernacular de larga data, que se fue gestando a lo largo de prácticas sociales en coherencia con diversos factores como son la materia que aporta el territorio, las condiciones climáticas, el paisaje, etc., y cuya continuidad en el tiempo se ha cimentado básicamente por medio de la oralidad y el oficio.

A partir de lo señalado podemos comprender que la gran perdida de patrimonio cultural inmueble en nuestro país es sintomático de otra perdida mucho más significativa, el menoscabo del conocimiento tradicional oral, que dentro del ámbito de la tierra cruda no ha sido debidamente abordado ni explorado bajo ninguna de las políticas culturales del Estado. El problema del patrimonio en adobe no es sólo un problema técnico que se resuelve trayendo especialistas de otros países para que desde su experticia rescaten las edificaciones que simbolizan el correlato de una comunidad (que de este modo se conservan invisibilizadas). Se trata más bien de asumir y promover una lógica integral de intervención bajo los postulados del patrimonio cultural, que debería poner en correspondencia los valores materiales con los inmateriales, que son los que otorgan sustento a las subjetividades de una comunidad. Pero, lamentablemente, esta lógica se contraviene con los intereses del mercado de la construcción, pues conlleva que los propios sujetos resuelven por sus medios problemáticas como la necesidad de vivienda, por la autoconstrucción que permiten los sistemas constructivos de la tierra cruda.

La intromisión en estos contextos del negocio de la construcción, amparado en los programas de recuperación del patrimonio que promueve el Estado a través del financiamiento estatal, no hace otra cosa que insistir en la precarización y vulneralización de los saberes locales; por otra parte, el accionar del Consejo de Monumentos Nacionales bajo la dogmática de los postulados de patrimonialización que se inscriben en la lógica global, no logra establecer acciones atingentes a nuestra fragilidad cultural, y desde su tecnocracia eurocentrista solo burocratiza los procedimientos mientras se pierde irreparablemente el conocimiento que dio vida al paisaje campesino, el cual hoy sirve de postal a nuestra identidad.

Solo muy recientemente se ha ido revalorizando la vida campesina, sin embargo el sesgo ha sido principalmente planteado en clave de desarrollo, propiciando solo aquellas tradiciones que revisten de un exotismo para el auge del denominado “turismo rural”, que ha comenzado a aplicarse sistemáticamente sin un resguardo de consolidación y puesta en valor desde las comunidades.

Texto:
Jorge Valenzuela (Arquitecto)
Publicado originalmente en Cuaderno Fiscal Nº5 Facultad de Ciencias Sociales Universidad de Chile Noviembre de 2016

Imágenes:
RUINAS DE CASA CAMPESINA. Miraflores Maule Sur René Valenzuela (Artista visual)
Observatorio del Paisaje 2017